Los problemas del coworker emprendedor. La colegiación obligatoria

El curso lectivo 2017-18 fue un poco distinto para mi. Unos cuántos años después de cursar mi licenciatura (sí, sí, lo mío es licenciatura, ni grado ni lo que vino antes, que ya no recuerdo su nombre), volví a la universidad a cursar unos estudios de máster. La idea era aprovechar la oportunidad que daba el máster para ejercer como gestor administrativo. En particular, por aquel entonces, y dentro de mi multiaventura como ser humano, trabajaba en un compra-venta de coches, y dado que vía convenio, los gestores administrativos pueden realizar trámites en la Dirección General de Tráfico sin necesidad de desplazarse a la jefatura, vi una oportunidad interesante.

Ese curso lectivo coincidió con algunos de los escándalos políticos que tuvieron algunos dirigentes públicos con sus respectivos másteres, en concreto, más que con el máster, con el trabajo final que hay que presentar en la mayoría de ellos para recibir la titulación, el conocido como TFM. Tanto fue así, que desde la universidad nos recordaron explícitamente que a las clases había que acudir (era un máster presencial), que los trabajos había que redactarlos y presentarlos, y que el trabajo fin de máster no era ninguna quimera ni invención. Debía ser tangible y de autor propio. Vamos, que debía existir y haberlo hecho uno mismo.

Una vez superadas las distintas fases del curso, es decir, presencia en las clases, realización de los trabajos y prácticas, y realización y defensa del trabajo fin de máster, allá por el mes de septiembre decidí “intentar” sacarle rendimiento a mis relucientes estudios. Acudí al colegio de turno a darme de alta para poder ejercer de mi nueva profesión, gestor administrativo.

Lo primero que me pidieron fue, obvio, el título de máster. Acudí a la secretaría de la universidad de turno, y la primera sorpresa me costó 212,07€ en concepto de depósito del título. A estos eurazos, como se dice ahora, hay que sumar el coste de la matrícula del propio máster, que por supuesto, no fue gratis. En su día, la matrícula costó 2.500,00€, que dicho sea de paso, tampoco es un máster caro. Eso sí, viva la educación gratuita.

2500€+212,07€+5€+150€+380€+170€ son demasiados euros para quien empieza

Luego, comenzamos con los formularios. Cuando sacaron un sobre grande lleno de instrucciones e instancias, ya me dije a mí mismo: me da que esto, barato, no me va a salir. Lo primero que había que pedir era un certificado de penales, que todo hay que decirlo, no costó ni 5€. Posteriormente se inventaron una cosa que se llama “depósito del título de Gestor Administrativo”, que ascendía a 150€. Esto te daba derecho a una placa de metacrilato de unos 30x20cm que ponía tu nombre y un número de colegiado. Oiga, yo conozco un chino en el barrio de El Carmen en Valencia, cerquita del coworking y del estanco, al lado del bar Kali que las hace más baratas, eh!

Después me hablaron de algo parecido a los derechos de colegiación o cuota de alta, que ascendían a 380€, un seguro de responsabilidad civil, de unos 170€/año, y claro, la mensualidad, que es de 30€

Llevamos casi 3.500€ para formalizar mis nuevos estudios y poder ejercer, pero claro, falta ahora la infraestructura necesaria y realmente útil para poder trabajar: alquila un despacho, mantenlo con sus gastos, y date de alta en seguridad social. Eso si no necesitas contratar a alguien para que te ayude, claro.

Lo más gracioso es que al de la universidad le importa un pimiento lo que pase en el colegio, y al del colegio, otro tanto de lo que pasa en la universidad: a mí págame lo que me debes, y vete a protestarle al otro.

Me da que algo falla en este sistema que «hemos» creado (por supuesto, me incluyo, a fin de cuentas, formo parte de esta sociedad que todo quiere regularlo). Si para ponerme a trabajar tengo que desembolsar esas cantidades de dinero, empiezo a entender porqué mucha gente trabaja sino en la ilegalidad, sí al menos en la alegalidad. Es cierto que ciertas entidades bonifican sus cuotas inicialmente, pero la sensación que me queda es que aquí cada uno va por libre, y le importa bien poco qué hacen o dejan de hacer los demás. El verbo empatizar no lo conjuga casi nadie (trate usted de matricular un coche, y hablamos del choque entre administraciones existente, que da para mucho). Y el dinerito nos gusta mucho a todos (sí, sí, también me incluyo, pues como he dicho, sigo formando parte de la misma sociedad).